domingo, 24 de enero de 2016

SEAN

Han elegido un escenario menos hostil. 
Una mesa delgada al fondo. 
Hay oscuridad y círculos paralelos en el suelo. También libros vacíos y un sillón con la nuca apagada. 
Él es una roca. Una roca débil y húmeda.
Bigote que no supera las comisuras; su cabello blanquecino es atávico y sólido.
Charlie:
Una sola pregunta…
Por qué él y por qué así.
Por qué si conoce al menos treinta y ocho de las muertes.
Sean, el vaquero frío y roto. Su mandíbula tiembla.
Ojos azules enfermos.
Ojos azules porosos.
No hay voz sino disparos muertos. Mira a izquierda y derecha, aprieta los labios.
Resultan sencillas las preguntas.
Obvias.
Y también la respuesta…
Hay una visión gruesa, sin matices. 
Su discurso es complejo. No son creíbles las soluciones morales.
Ni para Charlie, ni para él.
Encontraron litros de agua pura en el maletero del coche.

domingo, 5 de julio de 2015

PARTIR UNA SANDÍA

Le han detenido en el aeropuerto de Heathrow. Pesaba sobre él una orden de busca y captura.  Le imputan delitos de lesa humanidad por su participación en el genocidio ruandés.

Él, general del Ejército y director del Servicio Nacional de Inteligencia, era un ordenante. Un tipo que dispuso asesinatos en masa desde su despacho oficial, investido por la aséptica autoridad de su divisa militar. 

Circulan fotografías suyas ejecutando blandamente un saludo marcial, mirando al frente con sus ojos planos y arenosos, apretando con fingido rigor su mandíbula abultada de hombre importante. 

El hombre importante ha caído solo. 

El hombre importante declarará ante un juez instructor.

El hombre importante se sentará, con toda probabilidad, en el banquillo de los acusados. 

El juicio será retransmitido por televisión. 

Un abogado joven, blanco, de nariz fina y ahuesada, apoyará sus manos en el atril mientras formula su pliego de preguntas. Hablamos de genocidio. Es un caso importante. Por eso, en su rostro se dibujará un gesto amargo y alargado mientras alza la mirada por encima de las gafas.

El acusado, vestido con un traje azul oscuro, encorvará los hombros como un animal de presa. Su imagen de hombre de Estado se esparcirá por la sala como un charco de cemento cuajado y elegante. Tanto él como su abogado negarán los cargos, alegarán un conocimiento tangencial de las matanzas y calificarán las órdenes dadas como un acto de defensa nacional. 

El abogado de la acusación apretará los puños cuando escuche la sentencia. 

En Ngozi, una mujer encogida y y con la sien amoratada observará, sentada en la mesa de un bar, la figura solitaria del general. 

La imagen del televisor temblará debido a la señal.

Ella maldecirá mientras un camarero de cuerpo frío y astillado la observa desde la barra. 

El camarero y ella se recordarán de antaño.

El camarero sostendrá un machete con sombras carnosas y  rojas. 

El camarero no será  un hombre de Estado. 

El camarero desplegará toda su fuerza para partir, sin miramientos, una sandía redonda y de piel negra. 

Luego sonreirá, escupirá contra el suelo y dirá, sin apartar su mirada de la mujer, que no comprende los motivos de la condena. 

martes, 23 de junio de 2015

JAMES SALTER

Descubrí a James Salter poco después de haber leído Primavera negra, de Henry Miller. Resonaba en mi cabeza la prosa pletórica y egoísta de Miller: sensualidad, pesimismo y ese tránsito perfecto entre lo poético y la realidad más urbana, vulgar y minoritaria.

Descubrí en Salter un mundo narrativo no tan abigarrado y rabioso como el de Henry Miller, pero no por ello menos tormentoso, menos destructivo,  menos fatalista y solitario. Es posible que Salter no haya sido el autor de la Gran Novela Americana. La trascendencia de sus tramas, a diferencia de otros novelistas, se alejaba de lo colectivo, o de lo afanosamente político, para centrarse en la mundanidad individual y dramática de sus personajes. Pero su sentido milimétrico de la perfección narrativa y su capacidad para diseccionar el deterioro progresivo y hastiado de las relaciones personales, le convierten en un autor de culto.

James Salter falleció hace tres días en su domicilio de Long Island. A sus 90 años, conservaba un rostro calmado y anguloso. He decidido que esta semana releeré Años luz. Para mí, su obra maestra.